4.2.17

Hoy me duele la cabeza

Quizá sea la resaca de esta familia o mi hipocondríaca soledad que de sempiterna no me deja en paz.
Tal vez la ciudad amurallada que de tanto sofocarte te deja sin respirar.
Puedo culpar a la hamaca paraguaya colombiana blanca que invita a la melancolía y le promete que hay patacones con suero sin sal.
O a mi teléfono que me llama y ruega e implora y suplica que no lo deje solo, que no lo deje de acariciar, que no le quite los ojos de encima y que no lo deje de pensar.
También puede ser Carlos, que da un poco de miedo y no me prepara mi desayuno. Porque aunque haya comido elefantes anoche, no puedo salir a escapar de mí sin haberme tomado el tecito y haber gastado mi cara de sal para no asustar a nadie en la calle.
Capaz sea el aire acondicionado que a 18 grados no enfría, vengándose y burlándose de la hipocresía y de las pretenciones de grandeza de esta raza horrenda que todo lo acapara y nada lo tolera.
Aunque a lo mejor sea el alcohol.

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